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Sembrar en tiempos revueltos

Si hay una palabra que retrata la situación actual que estamos atravesando la sociedad actual es incertidumbre.

No vamos a enumerar la secuencia de eventos que nos tiene entre perplejos y paralizados, pero resulta evidente que estamos vivimos momentos, tal como define la RAE , de incertidumbre, falta de conocimiento seguro o de certezas.

El ser humano se siente muy incómodo con la incertidumbre por razones obvias. Para garantizar nuestra supervivencia necesitamos tener respuestas: saber si estamos seguros en un lugar, dónde conseguir la comida, quienes son aliados o enemigos, etc. En definitiva, es esa humana necesidad de al menos intuir qué puede pasar a continuación para poderse anticipar y por tanto controlar la situación en la medida de lo posible. Así, cuando sentimos incertidumbre, buscar información que consideremos veraz para reducirla. Si esa información resulta útil se convierte en un conocimiento indispensable para la vida diaria. 

Hay personas con mayor o menor capacidad de tolerar la incertidumbre… y luego están los agricultores (aunque los ganaderos también tienen lo suyo), verdaderos artistas en vivir en un estado de incertidumbre prácticamente permanente.

Aunque posiblemente suene a tópico, el agricultor se enfrenta a muchos “riesgos naturales”: fenómenos climatológicos y amenazas biológicas que si vienen mal dadas poco se puede hacer para salvar una cosecha. El conocimiento y la capacidad de previsión y adaptación son aptitudes muy útiles, pero a veces no resultan suficientes. 

Y resulta que estamos en una de esas veces en la que muchos agricultores, sobre todo de cultivos herbáceos, necesitan respuestas o al menos pistas por dónde tirar.

Estamos empezando la temporada de siembra y muchos todavía no tienen nada claro tres cuestiones básicas: ¿qué siembro? ¿cuánto siembro? ¿abono sí o no? ¿con qué productos? Para intentar encontrar una respuesta, en este corrillo virtual de agricultores que es este blog de Somos Nuestra tierra hemos preguntado a dos agricultores por sus planes.

Tenemos en primer lugar las incertidumbres asociadas al clima, que no por ser habituales son menos importantes. De hecho, las consecuencias concretas del cambio climático en cada región agrícola no dejan de suponer una enorme incertidumbre, a pesar de que los científicos lleven mucho tiempo advirtiendo sobre lo que se nos viene encima. Pero, en fin, así es la condición humana.

La sequía supone el 60% de las preocupaciones de Ramón García, agricultor sevillano y responsable de cereales de COAG -Andalucía. No ha llovido en condiciones desde hace cuatro años. Según nos dice “hace falta un buen tren de borrascas, esas lluvias que calan el terreno”.

Aunque parece que arranca a llover, queda la duda de lo que ocurrirá a lo largo del año, nada nuevo para un agricultor, y lo que traerá un futuro cada vez más marcado por el cambio climático. Por su parte, el zamorano José Roales responsable de cereales en Castilla León lo tiene bastante claro: la sequía dejará de ser algo coyuntural, cada vez llueve menos y hace más calor. Una mala combinación para los cultivos, que responden conforme a la fisiología vegetal de toda la vida: no llegando a formar el grano.

Cuándo recurrir al abonado y en qué cantidad es la siguiente cuestión. Previendo que puede faltar agua el agua necesaria para que se desarrollen las plantitas que emerjan tras la siembra  y considerando que los abonos químicos están a precios totalmente prohibitivos, en torno a 800 euros la tonelada, ambos agricultores plantean dos posibilidades: eliminar la aplicación de abonado en presiembra o directamente dejar más hectáreas en barbecho si la situación no da muchos indicios de cambiar. 

Sustituir abono químico por estiércol posiblemente sea una solución parcialy razonable solo para aquellos que tengan sus campos de cultivo cerca de explotaciones ganaderas. Porque el estiércol está muy bien para mejorar la estructura y fertilidad del suelo en general, pero, por su propia naturaleza es difícil que garantice la cantidad de nitrógeno necesaria como para obtener un rendimiento en la cosecha que compense su transporte, tal como contamos en esta entrada. Y menos ahora, que el precio del gasoil sigue creciendo sin perspectivas claras de que frene en algún momento.  

Esa podría ser la siguiente preocupación. Quien no abone en presiembra se ahorrará unas cuantas pasadas de tractor, quien opte por el barbecho ahorrará bastante más, pero obviamente ingresará menos aún. Como cualquier empresario, normalmente el agricultor invierte para poder ganar, este año los agricultores se encuentran con un panorama en el que no está nada claro qué decisión tomar para al menos no perder. 

Cuenta Ramón García que en su tierra dicen que “si los agricultores pensaran en sequía nadie sembraría”, y menos mal que hasta ahora han funcionado así por la cuenta que nos trae al resto de conciudadanos. Quizás sea esto sea más que un refrán, una especie de expresión de autoafirmación, de decir “seguiremos hacia delante y al final saldremos como sea” que calme esa molesta sensación de incertidumbre. Pero ha llegado un momento en el que hay demasiados vientos que soplan en contra, frente a los que ni siquiera la experiencia o el conocimiento resultan útiles para mantenerse en pie. Siendo conscientes de que el gobierno no tiene la culpa de lo que ocurre fuera de nuestras fronteras, nuestros interlocutores agradecerían que este tomara ciertas medidas que alivien la escasez de liquidez (rebajas fiscales, canon de agua, entre otras) o que, en lo posible, facilitara la comprensión de una PAC especialmente enrevesada. Al menos para que no nos encontremos con la situación en la que por pura desesperación y supervivencia, nos quedemos sin otro recurso indispensable para la actividad agrícola sobre el que sí se tiene cierta influencia: los propios agricultores.  

 

Sin agua y sin mercado los floricultores lebrijanos se reinventan con cultivos exóticos como la fruta del dragón.
En los últimos años la agricultura y la ganadería europeas se enfrentan a riesgos de distinta naturaleza. El aumento de la volatilidad de los precios de los mercados agrarios amenaza su viabilidad económica. Los cada vez más frecuentes fenómenos meteorológicos extremos complican el trabajo diario y arruinan cualquier planificación. La despoblación rural, los cambios demográficos y de las preferencias de los consumidores obligan a reinventarse continuamente.
A los que estudiamos en su momento la asignatura de ecología (que no consiste exactamente en reciclar, apagar luces o plantar árboles) nos enseñaron a ver los ecosistemas como flujos de energía e información. Para que nos entendamos: los sistemas vivos existen y funcionan según la energía que pueden obtener y cómo los individuos que la forman son capaces de aprovecharla. La energía suele ser la del sol, aunque no necesariamente, y la "información" podemos traducirla como biodiversidad, es decir todas las formas vivas (plantas, animales, hongos, bacterias...) que aprovechan esa energía de una manera distinta.