Sequías, olas de calor, inundaciones, ciclogénesis explosivas...el clima no se lo pone nada fácil a la gente del campo. Posiblemente las heladas sean uno de los elementos del clima más temidos por los agricultores, en especial por los que se dedican a hortícolas y frutales, debido a su recurrencia, a las graves consecuencias que acarrean y lo que cuesta combatirlas.
Las heladas se dan cuando la temperatura del aire cercano al suelo baja de los cero grados. En esa situación se forman pequeños cristales de hielo en los tejidos sensibles de la planta, que dañan la pared de las células, facilitando la salida de agua y por tanto su muerte por deshidratación.
La gravedad de las heladas dependerá de la sensibilidad del cultivo y el tipo de helada. Las "heladas blancas" por ejemplo, se forman en condiciones de frio y humedad y son las responsables de ese manto blanco de escarcha tan vistoso pero que no suele causar daños importantes. Las "heladas negras" son justo lo contrario ya que deja ennegrecidos los brotes y capullos florales, "quemados" por el propio frío. Estas heladas ocurren cuando la humedad ambiental es muy baja y no existe agua que pueda condensarse y formar esa capita de hielo o escarcha que, paradójicamente, protege a los tejidos vegetales.
Y es que la combinación agua + temperatura + corrientes de aire es determinante en el daño que provocar una helada. Así, para proteger eficazmente los cultivos es preciso conocer bien las condiciones meteorológicas que las provocan. La topografía también influye de manera importante en el desarrollo de la helada y en las medidas de protección a adoptar.
En primer lugar tenemos los métodos pasivos, que se toman mucho antes de que llegue la helada; pueden funcionar, o no, pero contribuyen a minimizar los daños. Una de las medidas más obvias es decidir dónde se va a instalar el cultivo y qué variedades son las más adecuadas, tanto por su resistencia a las heladas como por la fecha de floración (temprana, normal o tardía) en el caso de los frutales. El laboreo, la nutrición y el riego de las plantas, o incluso las podas, pueden adaptarse si en la zona son frecuentes las heladas. Otro método pasivo de defensa frente a los efectos negativos de las heladas es la contratación de un seguro agrario, pero eso ya es otra historia.
Pero cuando los pronósticos del tiempo avisan de fuertes heladas, es el momento de pasar a los métodos de defensa activa, y aplicar la máxima de "la mejor defensa es un buen ataque": hay que ponerse en marcha antes de que las temperaturas bajen de cero y aguantar toda la noche hasta que pase el peligro.
La mayoría de métodos de control están orientados a evitar las heladas de irradiación, que afectan principalmente a cultivos tardíos y tempranos, y que son las más dañinas durante la floración de los frutales. Estas se producen por un brusco enfriamiento del suelo y pueden ocurrir desde otoño hasta primavera. Normalmente se recurre a dos estrategias distintas, que a menudo se combinan para obtener mejores resultados.
La quema de pacas de paja se emplea tradicionalmente porque es económico (100-200 euros por hectárea y noche), a pesar de que requiere bastante mano de obra y de que las nubes de humo que se generan provocan molestias y problemas de salud en las poblaciones cercanas. Una alternativa más eficiente que no genera humo, son las antorchas de parafina: tienen la ventaja de que cada vela o antorcha dura hasta 12 horas y es reutilizable, pero al ser necesarios muchos más focos de calor por superficie este sistema tiene un coste elevado (de 450 a 900 euros por hectárea y noche) lo cual restringe su uso a momentos y zonas muy puntuales. Opciones similares son los quemadores de gasóleo, gas propano u otros combustibles.
Otra manera un tanto sorprendente de aportar calor, pero más eficiente que el fuego es recurrir al agua. Consiste en instalar micro-aspersores a la altura de los árboles, que se activarán a partir una temperatura dada. Y es que el agua, al congelarse, cede una notable cantidad de calor a las yemas o las flores, se crea una fina capa de hielo que los aísla de la temperatura exterior (el denominado "efecto iglú"). Esto ocurre mientras haya agua por congelar, por lo que los aspersores han de funcionar constantemente, hasta que el hielo se haya fundido por acción del sol. De esta manera se consigue que la temperatura de la fruta y de la flor no descienda de 0ºC. Este sistema, que suele funcionar bastante bien, tiene dos pegas importantes. Requiere una gran disponibilidad de agua y de una gran importante inversión en instalaciones de riego necesaria (entre 2.000 y 3.000 euros por hectárea.). Otra opción más sencilla es inundar el terreno para evitar que este se enfríe. Resulta eficaz en cultivos de zonas bajas, pero solo es aplicable en cultivos tolerantes a la asfixia radicular.
En definitiva, disponemos de diversas herramientas para defenderse de las heladas, cada una con sus ventajas e inconvenientes y distinto coste por hectárea. Una vez visto como funcionan, toca hacer cuentas y ver cual se adapta mejor a tus cultivos y tus circunstancias. De todas manera, mucha suerte.